La princesita gritona


¿Haré algo alguna vez con la motivación adecuada? Y, cuando así sea, ¿evitaré el gloriarme ante el reconocimiento? ¿Cuál es la solución, no hacer nada?

Vanidosa, mundana, protagonista, adicta al aplauso. No es un secreto para Dios así que no voy a esforzarme por negar que esa es la tendencia de mi corazón. Tengo dones y el Señor me ha dado múltiples capacidades en Su Voluntad aún conociendo mi tendencia a robarle la gloria. Mi corazón piensa en usar todo eso que Él me ha dado para Su gloria, mis intenciones comienzan siendo buenas casi siempre, pero sin lugar a dudas, lo que mejor se me da es robarle la gloria a Dios y llevármela yo. 

Escribo, pero oro antes de hacerlo oro para que sea Él hablando por medio de mí al que lo pueda necesitar en cada momento. Me esfuerzo por ser fiel a Su Palabra en todo lo que comparto y lo hago aún cuando son temas controversiales porque entiendo que la Palabra se debe predicar a cualquier costo. Click en publicar, oro, dejo el teléfono. Suena una notificación, alguien me da las gracias por lo que acabo de compartir o reacciona con un like...se acabó. En mi corazón se levanta la princesita con la corona. Escandalosa, alborotadora, chillona y protagonista. Insufrible. Y pienso que no volveré a escribir más, que no quiero compartir nada porque no sé gestionarlo. Pero luego recuerdo que tengo un llamado a compartir el Evangelio y que debo obedecer aún en mi debilidad porque esto no va de mí. Una hermana se enferma y me desvivo por cocinarle, comprarle lo que necesite, escribirle para saber de su estado y que se sienta acompañada. Le doy las gracias a Dios por la oportunidad de servir, pero sigo sintiéndome más halagada por el aplauso que por el simple hecho de ser útil en las manos de Dios. 

La solución definitivamente no es no hacer nada. Dejar de ayudar o de compartir, dejar de hablar del Evangelio. Esta lucha que tengo es mía y es problema mío. Debemos obedecer y poner nuestros dones en operación, vivir pegados a Dios para que esa dependencia nos coloque en el lugar que nos corresponde y no tengamos un mayor concepto de nosotros mismos que el que debemos tener. Gloriosamente, tengo un Padre al que pedir perdón siempre por lo mismo, un Salvador que murió definitivamente por eso, que me sigue ayudando en el camino para que cada vez pueda ser más fácil, aunque la lucha no desaparezca. Me basta Su gracia y aún sigo meditando en todo lo que eso significa. 

Comentarios

Entradas populares