Pensamientos catedrales
No todo pensamiento es pecado, pero tampoco todos merecen un altar.
Lo que permites quedarse, termina moldeando lo que adoras, cómo amas y cómo vives. A veces nuestras ideas nos descubren ídolos que ni sabíamos que estaban ahí, cosas que ocupan nuestra mente sin parar y por las que pasaríamos por encima de Dios.
El pasaje de Filipenses 4:8 es extremadamente valioso para mí.
“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si hay algo digno de alabanza, en esto pensad.”
Ese listado me encantaría tenerlo grabado a fuego en la mente, cada una de esas características.
Cuando nuestros pensamientos nos angustian y nos atrapan, debemos pasarlos por el filtro de este listado, sentarlos frente a nosotros con frialdad e interrogarlos así:
¿Eres verdadero? Antes de seguir con nada más, eso que estoy pensando, ¿es real, está pasando o es una película sobre un futuro que aún no es? Si no es verdadero, no le des de comer a esa idea. El miedo se alimenta de hipótesis, la fe de verdad.
¿Eres honesto o digno? ¿Este pensamiento es limpio en su intención?, ¿estoy siendo honesta conmigo, con el otro, con Dios? O, tal vez, ¿estoy exagerando, torciendo, siendo demasiado simple o dramatizando?
Un pensamiento puede ser verdadero y, aun así, no ser honesto. Aquí se nos llama a disciplinar la mente para no dejarla vagar por un mar de ideas morbosas, triviales, sospechosas o degradantes. Por ejemplo: "si fallo, voy a decepcionar a esta persona". Puede ser verdadero, pero no es honesto porque coloca tu valor personal en tu rendimiento y no en la gracia, alimenta el temor al hombre y reduce a Dios a un simple espectador colocando al hombre como el juez.
¿Eres justo? Cuán a menudo soy injusta conmigo misma y con los demás. Rápida para el juicio y lenta para la misericordia ¿Estoy asumiendo culpas, miedos e ideas que no son mías? Teniendo en cuenta lo que conocemos de Dios y la misericordia que ha tenido con nosotros, ¿es justo dudar de qué Él proveerá justicia o bienes que necesitemos, salud? Por ejemplo, si pensamos "después de todo lo que hice por esa persona, ahora me devuelve así. No voy a perdonarlo." Es verdad, te entregaste y te fallaron. Es honesto, no es desonroso, pero no es justo. La justicia bíblica no trata de lo que los hombres merecen. Dios nos manda a los creyentes a tener el carácter de Cristo y ser perdonadores no guardando rencor encomendando nuestra causa ante Él.
¿Eres puro? Este pensamiento mío, ¿me santifica o me ensucia por dentro?, ¿me acerca a Dios o me arrastra a la sospecha, la comparación, la amargura? Si no pudieras presentar ciertos pensamientos delante de Dios con paz, quizá no merecen quedarse contigo. Por ejemplo, un pensamiento como este podría haber pasado el filtro hasta aquí: "tengo derecho a tomar distancia y protegerme emocionalmente de esa persona". Es cierto, es honesto, es justo para ambas partes pero, cuidado, ¿es puro? Puede que lo sea, pero puede que no. Y aquí es donde entran en juego las intenciones del corazón. Puede que ese pensamiento nazca de un deseo de castigar con nuestra distancia o nuestro silencio. Tal vez nos estamos sintiendo moralmente superiores y estamos mirando por encima del hombro. Tal vez nos alegramos de tomar esa distancia con venganza. Dios dice "bienaventurados los de limpio corazón" en Mateo 5:8.
¿Eres amable? Este pensamiento, ¿trata con ternura a mí o a otros?, ¿abraza con gracia incluso en la corrección o es cruel, tajante y malvado? Dios no nos transforma a través del desprecio. La amabilidad no debilita la verdad, la hace habitable. Por ejemplo, "yo le voy a decir esto porque es la verdad, aunque le duela." Ok. Es verdad, honesto, justo, puedes tener una buena intención y ser puro; pero si vas a perder la amabilidad por decir lo que quieres decir, debemos parar aquí. La verdad va siempre revestida de gracia. Podríamos pensar, en lugar de esto, "tengo que decirle esto, porque es verdad, pero sé que le va a doler. Voy a orar para pedirle al Señor la sabiduría que necesito, porque no quiero confrontar a esta persona pero es lo mejor para su alma."
¿Eres de buen nombre? Si este pensamiento se transformara en palabras, ¿sería respetable, apropiado, digno de ser gritado? ¿O es algo que solo puede existir en la sombra y la murmuración de tu interior? Algunos pensamientos no son falsos, no son impuros, pero son indecorosos, corrosivos o degradantes.
¿Hay virtud aquí? Este pensamiento, ¿se alinea con la excelencia moral que Dios define? ¿Refleja rectitud, integridad, dominio propio, humildad? O, aunque sea sutilmente, ¿me empuja a lo torcido, a lo incómodo y bajo? Por ejemplo: "no voy a airear esto que sé de ella, pero lo voy a contar en mi pequeño círculo para poder desahogarme." Aaaaash! Es verdadero. Puede haber una situación real que pesa y necesitamos sacarlo, es honesto, es justo para nosotras, puede ser puro y amable PERO introduce la queja en espacios donde el nombre de la otra persona va a ser erosionado aunque no tengamos la intención de difamar.
¿Es digno de alabanza? ἔπαινος (épainos)
Aquí se suele cometer el error más común al pensar que el texto se refiere a si ese pensamiento me lleva a alabar a Dios. Pero Constable aclara que epainos se refiere a lo que es objetivamente digno de aprobación, no necesariamente a un acto explícito de adoración. Es decir, pensamientos que merecerían la aprobación de Dios, pensamientos que no serían corregidos por Él. No todo pensamiento que suena espiritual es digno de alabanza. Por ejemplo: "he orado mucho por esto y me siento en paz, así que voy por el buen camino" ¡AMIGA! La paz subjetiva sustituye el señorío de Dios y podemos usarla como un sello de autoaprobación espiritual. Recuerda que:
“Hay camino que al hombre le parece derecho” (Proverbios 14:12)
“El corazón es engañoso” (Jeremías 17:9)
“No todo el que me dice: Señor, Señor…” (Mateo 7:21)
Si tu conclusión es que porque te sientes bien, todo está bien, recuerda que la conciencia es como un perro guardián que, de ver pasar siempre al mismo pecado, ya no le ladra más.
Esta lista, según pasamos punto por punto, va filtrando nuestros pensamientos hasta convertirlos en pensamientos catedrales. Así como una catedral es diseñada con intención (cada arco elevando la mirada, cada vidriera filtrando la luz y cada espacio excluyendo lo trivial), de la misma manera los creyentes debemos ordenar nuestra vida mental.
Filipenses 4:8 no nos invita a una mente pasiva, sino a una mente consagrada, donde solo aquello que es verdadero, honesto, digno...tiene permiso para habitar. Los pensamientos no son neutrales: o elevan nuestras almas hacia Dios o las arrastran hacia lo común y lo corruptible dejándonos con un sentimiento de tranquilidad que nos aleja de Dios y de nuestra conciencia de pecado.
Pablo enseña que la mente del cristiano debe ser un lugar donde la verdad gobierna (Juan 8:32), donde lo noble reemplaza lo vil (Isaías 55:8–9), y donde cada pensamiento es llevado cautivo a la obediencia de Cristo (2 Corintios 10:5). Como el templo estaba apartado para la gloria de Dios, así también la mente del creyente debe rechazar lo impuro y lo trivial, porque es allí donde Dios desea habitar y desde donde dirige una vida que le honra (Romanos 12:2; Salmo 19:14).
A menudo mis pensamientos son como un ruidoso mercado. El caos más absurdo. Pero hay que orar para que el Espíritu nos ayude porque para todo esto, ¿quién es suficiente?Que podamos sentar a cada uno de nuestros pensamientos en la mesa de interrogatorios, uno a uno, hasta convertir el mercado en una hermosa catedral cuya cúspide apunta constantemente al cielo.

Comentarios
Publicar un comentario