Hija de la melancolía, hija de Dios.
Hay almas que nacemos entre la luz y la sombra.
Almas pesadas, polvorientas. A veces es como entrar en una preciosa habitación antigua de techos altos y labrados, frescos victorianos en las paredes y cristalería fina. Pero hay humo, polvo, tiempo, melancolía. El mundo se siente con una intensidad que no cabe en nuestras palabras y el pasado se queda clavado como un alfiler oxidado que vuelve a doler cuando va a cambiar el tiempo. Hija de la melancolía. Siempre me sentí identificada con eso. Pero cada vez que lo pienso, el Espíritu de Dios que vive dentro de mí me agarra del brazo y me susurra: "Hija de Dios".
Esta mañana leía el salmo 16, especialmente donde dice: “las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos; y es hermosa la heredad que me ha tocado.” El salmista se refiere a las cuerdas que se usaban para dividir los terrenos, los límites de la tierra de cada uno. Y me llama poderosamente la atención cómo podemos, a pesar de todo, ver delicia en la vida que Dios nos ha dado. Llegar a ese punto no fue fácil para mí. Llegar a darle gracias a Dios por una infancia dolorosa, solitaria, incomprendida, abandonada. Por todas las veces que necesité un abrazo y recibí frialdad, por el miedo desatendido en mitad de noches que se hacían interminables. Dar gracias por ser saco de boxeo de quien no midió ni sus palabras ni sus acciones.
Comprendí la maravilla de la providencia divina, que mi heredad era espiritual, que Él era la fuente de mi gozo. Mi melancolía, mi horno, mi escuela, mi altar.
Comprendí que esa voz que me llama "hija mía" es más poderosa que la que gritan mis huesos. Dios, Dios mío eres tú. Has estado ahí desde el principio y lo sé. Has movido cada cuerda con un propósito santo y amoroso, has modelado mi carácter me has acercado a tí. Si las cosas hubieran sido más fáciles, distintas, ¿dónde estaría yo hoy? Gracias por cada lágrima que recogiste de mi rostro. Estas cicatrices, estos canales siempre abiertos, se tornan en una hermosa ventana a través de la que se ve la obra amorosa y redentora de un Dios que siempre estuvo conmigo.
Quizás tus cuerdas trazaron caminos o terrenos difíciles y te ha tocado rasgarte las manos sacando finas y duras raices entre los pedregales ¿Qué vas a hacer con ese dolor? Edifica un altar. Transfórmalo en un punto de encuentro profundo y único con Dios. Noé, Abraham, Jacob; todos ellos edificaron un altar después del dolor. David nos regaló numerosos salmos convirtiendo su tristeza en liturgia. Del llanto de Ana nació Samuel. Del de Samuel nació un profeta. Del llanto de David nacieron salmos eternos. Del llanto de María nació redención. El llanto de Cristo se convirtió en ofrenda y de ella brotó la vida. Nuestra vida.
"A los que lloran en Sion, les dará corona en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado." Isaías 61:3. Dios redime lo que dolió, le da sentido, propósito, lo convierte en un altar, en una puerta a la adoración más pura ¿Lo ves? En medio de tus lágrimas que te nublan la vista y hacen que lo evidente desaparezca por un instante, ¿ves esto?
Dios estrecha nuestro camino para que soltemos todo aquello que amamos más de lo que debemos. La puerta es estrecha, el camino es difícil y con todas esas cargas no vas a poder entrar. Deshazte de todo eso, aligérate, acércate a Dios con la confianza de que Él es suficiente. No necesitas más. Deposita todo eso en las manos de Dios y deja que el fuego lo consuma hasta que lo transforme en vida. Que te baste Su gracia, porque Su poder se perfecciona en tu debilidad. Tu dolor tiene un propósito santo y amoroso y algún día darás gracias por todo esto.
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